Multinacional española líder en defensa, tecnología y consultoría. Más de 60.000 empleados, presencia en 50 países, ingresos de 4.843 millones de euros en 2024
Hay un problema que pocas empresas grandes quieren admitir: sus dotaciones de trabajo se descartan antes de acabar su vida útil. No porque estén desgastadas por el uso industrial, sino porque los procesos administrativos tienen sus propios tiempos. Los periodos de rotación de personal, los cambios de tallas, las renovaciones por normativa interna, los inventarios que cierran ciclos antes de tiempo: todo eso hace que botas y equipos en perfecto estado funcional terminen siendo dados de baja. INDRA LATAM lo vivía. Y lo vivía a escala multinacional.
Lo que Gescol le propuso a INDRA LATAM no era simplemente reciclar esas botas. Era remanufacturarlas: un concepto diferente, más sofisticado, que implica recuperar el calzado, someterlo a un proceso técnico de restauración bajo criterios de calidad, devolverle su capacidad de uso y reintegrarlo al ciclo de dotaciones con un ahorro verificable. La diferencia entre reciclar y remanufacturar no es semántica. Reciclar destruye el producto para recuperar materia prima. Remanufacturar conserva el producto, extiende su vida y devuelve al mercado un objeto funcional en lugar de un material en bruto. Es una capa más arriba en la jerarquía de la economía circular, y es donde casi nadie está jugando todavía.
El piloto fue exigente porque la metodología tenía que sostenerse no en la promesa sino en la documentación. Cada bota intervenida pasó por diagnóstico de estado, limpieza, reacondicionamiento técnico y reparación bajo criterios verificables, hasta que volvió a ser un par funcional listo para uso laboral. Bajo el programa Rematch se intervino un primer lote piloto —un número pequeño, pero estratégicamente elegido para validar el proceso completo de extremo a extremo. Cada bota recibió trazabilidad individual mediante tecnología de chip, y se construyó un landing page dedicado para sincronizar y mantener el seguimiento de todo el ciclo de vida del producto. Para una empresa que necesita auditar sus indicadores de sostenibilidad ante stakeholders globales, esa trazabilidad no es un detalle ornamental: es la diferencia entre tener un proyecto y poder defenderlo.
El resultado económico habló solo: el programa representa un ahorro de entre el 30% y el 40% del gasto en dotaciones para INDRA LATAM. Y el ambiental se midió con la misma precisión: 93,25 kg de CO₂ mitigados solo en el piloto. Es una cifra acotada, sí, pero también es una cifra real, calculada y certificable. Y cada bota remanufacturada suma a la certificación de huella de carbono de la empresa, un activo que para una multinacional con operaciones en 50 países no es un dato menor: es estrategia corporativa.
Pero el verdadero valor de Segundo Pie no está solamente en los kilos de CO₂ ni en el porcentaje de ahorro. Hay una dimensión que rara vez se nombra y que las empresas que viven el proceso aprenden a valorar rápido: la capacidad de contarles a sus propios equipos internos un resultado concreto de sostenibilidad. No una declaración corporativa, no un dato en un informe anual —una bota que el operario está usando ahora mismo y que iba a terminar en un relleno sanitario. Esa narrativa interna, ese argumento tangible, es uno de los activos comunicacionales más subestimados de la economía circular aplicada a las dotaciones.
Lo que demuestra este caso es que las empresas grandes pueden cerrar el ciclo de sus propias dotaciones sin perder rigor técnico, sin renunciar a estándares de seguridad industrial, y sin tener que justificar la decisión solamente como gesto ambiental. La pueden justificar, también, como gestión inteligente de un activo que se estaba descartando antes de tiempo. La economía circular deja de ser un programa de RSE para convertirse en una línea de eficiencia operativa. Y esa es la conversación que este piloto abre para cualquier otra empresa con dotaciones a escala: INDRA LATAM fue el primer caso. No va a ser el último.